Hace unos años, en el festival de cine de Cannes se proyectó la versión coloreada de la célebre película de George Méliès, “Viaje a la Luna”, del año 1902. Dicha película, basada en la novela homónima de Jules Verne, describe en 14 minutos cómo un grupo de científicos planea viajar a nuestro satélite, cómo llevan a cabo la elaboración del cohete-bala que les llevará, como llegan a la Luna y conocen a sus habitantes y como regresan a la Tierra.

A fin de poner a los seis sabios en la Luna construyen un cañón de trescientos metros (según la novela de Verne) que debe disparar la bala, ocupada por los viajeros. Esta es la manera que consideró el escritor francés para escapar de la Tierra. Hoy en día, los jóvenes alumnos de secundaria han visto calcular, o han calculado ellos mismos, cual es la velocidad que tiene que alcanzar un proyectil para escapar de la atracción gravitatoria de la Tierra. Todo cuerpo astronómico tiene una velocidad de escape, que depende de su masa y de su tamaño. Para la Tierra es de 11 kilómetros por segundo, para Marte es de 5 kilómetros por segundo, para el Sol es de 615 kilómetros por segundo, para la Luna es de 2’4 kilómetros por segundo y para un agujero negro es de 300000 kilómetros por segundo (la velocidad de la luz).

Cualquier proyectil que se lance, alejándolo de la superficie del astro en cuestión, irá disminuyendo su velocidad, debido a la atracción gravitatoria. Si la velocidad con que se lanza es inferior a la de escape, acabará deteniéndose y volviendo a caer y, si la velocidad es superior a la de escape (aquí no tendré en cuenta los efectos del rozamiento), el cuerpo acabará escapando del astro. 11 kilómetros por segundo es una velocidad nada desdeñable pero, según Verne y Méliès, esta velocidad la tienen que alcanzar los seis científicos en un cañón de tan solo 300 metros. Otro sencillo cálculo de física de cuarto de E.S.O. nos permite determinar que la aceleración que deben soportar los intrépidos viajeros, para alcanzar la velocidad de escape, es nada menos que 17000 veces superior a la aceleración de la gravedad terrestre. Esta gravedad terrestre, a la que se suele referir como “g”, es aquella con que la Tierra atrae a las manzanas y demás cuerpos situados en su superficie. El cuerpo humano tiene sus limitaciones y, en términos generales, no puede soportar aceleraciones superiores a unas 3 veces la de la gravedad. Quizás una persona entrenada y con un traje especial que presione puntos específicos del cuerpo, sí podría llegar a soportar aceleraciones de unas cinco g, pero únicamente durante escasos segundos. De ninguna de las maneras se podrían soportar las 17000 g de la escena.

Cuando una persona experimenta una aceleración, por ejemplo al despegar en un avión, nota un empuje, hacia delante, al cual no responden por igual todos sus órganos. Los sólidos responden antes a dicho empuje mientras que los líquidos, muy presentes en nuestro organismo, se comprimen en la parte opuesta a la dirección de la aceleración, la espalda o la nuca en el caso del avión, y tardan algo más en acelerar. Si la aceleración de dicho avión es importante, esto puede hacer que el riego sanguíneo se redistribuya haciendo que sea insuficiente en determinados órganos y zonas del cuerpo, como la parte frontal de la cabeza, los ojos o incluso el corazón, en el caso del avión. También se verían comprimidos y aplastados órganos como los riñones o pulmones. Esto conllevaría daños importantes, cuya magnitud dependería del valor de la aceleración. En el caso de unas pocas g se producirían mareos, pérdida de consciencia, pérdida de visión. Para valores de alguna decena de g, en pocos segundos las consecuencias serían irreversibles. Para 1700 g llegaría a la Luna un puré rojo de científicos.

A pesar de este y varios fallos de rigor científico más, bien vale la pena ver la corta película que supuso todo un hito en el cine en aquel momento.